domingo, 19 de abril de 2009

El infierno en visceversa

Estoy en la avenida… sin querer, miro hacia allá, hacia la montaña. Para algunos ya no hay montaña. Pero para mí sí. Es una que lleva la vida de millares de personas. Es una montaña inexpugnable e inefable, donde estoy seguro que en ninguna parte del mundo existe otra igual. Sin embargo, no es una montaña hermosa. Aunque parezca contradictorio, no lo es. Al menos que seas un ser con corazón de piedra la mirarás como bella. Se la despotrica, se torna en un lugar invisible para muchos, una realidad a la que no nos enfrentamos al menos que vivas en una montaña así. No hay fauna ni flora, todo ha sido sustituido por toneladas de sufrimiento transformadas en cemento, cabillas, ladrillos, sistemas de aguas no aptos y conexiones de electricidad no planificadas. Cada casa, o cada “rancho” como algunos lo llaman, realiza un mosaico que forma una imagen que vale más que mil palabras, más de lo que me digo a mí mismo en este momento… es un mosaico que muestra cómo la miseria humana puede llegar a niveles indescriptibles, un mosaico que se transmuta en una cachetada para los ciegos que no quieren ver las realidades que padecen personas con un destino que no sé si es trágico. Esa montaña, lleva consigo el peso de miles de promesas sin cumplir, miles de sueños que aún Morfeo no autoriza que se lleven a cabo, el llanto de hombres y mujeres que sufren en sus veredas y escaleras mientras el olor a sangre pasa a ser una cotidianeidad para los que viven ahí… ¿Por qué no nos atrevemos a ir hacia la montaña? No soy ni somos Mahoma para que ella venga a mí o a nosotros. Si queremos encontrar un motivo de nuestra existencia, tal vez lo encontraremos en la montaña. No obstante, el miedo y hasta los prejuicios me impedirán e impiden a muchos ir a montañas como esas. Con mi ejemplar de La divina comedia en mi mano, y mientras espero el autobús, asumí conciencia de que en mi país al Infierno no se desciende, se asciende…

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